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Portada  |  27 mayo 2022

El bahiense que vivió una odisea en el Atlántico y fue rescatado por un buque petrolero

“En este momento estoy en el océano. Sigo en el mismo buque que me rescató y llevo más de un mes en el agua. La semana que viene tendría que estar en tierra”, le confió Matías Corinaldesi a Telefe Noticias. Todo comenzó como una aventura de cruzar el Atlántico en velero y finalizó al punto de ser una verdadera historia de película.

Matías Corinaldesi es un joven bahiense apasionado por los viajes y deportes acuáticos, al punto que con tan solo 19 años dio clases de kitesurf en Antigua y Barbuda, un país que incluye varias islas pequeñas y está ubicado donde se unen el Océano Atlántico y el Caribe. 

A mediados de abril, tomó la decisión de emprender un largo viaje: irse a Europa en barco desde el Caribe. Lo que seguramente nunca imaginó fue la travesía que iba a vivir días más tarde. 

Todo comenzó el pasado 23 de abril, cuando a bordo de un Lorine SWAN 601, zarpó desde Antigua y Barbuda rumbo a Palma de Mallorca, junto a su capitán Ken y sus compañeros Vanessa y Rowane, en un viaje que a priori tardaría entre 14 y 20 días. 

A lo largo del viaje todo trascurrió con tranquilidad. Principalmente por el viento calmo que los acompañó, el cual nunca fue superior a 30 kilómetros horarios. Sin embargo, luego de tres semanas a bordo y a falta de un día para completar el tan ansiado objetivo, todo comenzó a complicarse

“El 15 de mayo me desperté porque estaba durmiendo literalmente sobre la pared del velero, además sentía que íbamos volando. Por la tranquilidad de saber que estábamos llegando a destino, habíamos dejado de chequear el pronóstico hace unos días, una estupidez total. Cuando salgo a cubierta me doy cuenta de que estábamos navegando en vientos muy fuertes. Al mínimo aumento de la potencia del viento o racha demasiado fuerte las cosas podían llegar a salirse de control”, comenzó relatando Matías. 

El viento iba en aumento, el temporal no cesaba, el velero estaba fuera de control y la tensión reinaba en el ambiente. “Volví a entrar a la cabina principal. Mi compañera Vanessa tenía la cara pálida y su chaleco salvavidas puesto”. 

Minutos más tarde, la vela de proa, hecha de carbono, estaba despedazada en el agua y las olas de alrededor de 5 metros hacían que el velero sea prácticamente imposible de maniobrar. La situación era cada vez más caótica. “Estaba shockeado y miraba atentamente toda la situación, estuve sentado en el piso unos cinco o diez minutos simplemente observando todo".

Hasta que, a los pocos metros, Matías y sus compañeros lograron divisar una posible salvación. “Delante de mis ojos, se podía ver un buque petrolero, del cual nunca me percaté. Fue una alegría saber que no estábamos solos, que ante cualquier eventualidad íbamos a tener apoyo”.

Pasaba el tiempo y Matías debía enfrentarse a, como el mismo la describió, la decisión más difícil de su vida: abandonar el barco o quedarse. Había que entender que su capitán tenía un plan de negocio y sus próximos diez años de vida giraban alrededor del barco. 

“Mil preguntas se pasaban por mi cabeza. ¿Por qué me tengo que quedar? ¿Por qué tengo que abandonar el velero? ¿Ken está pensando en nuestra seguridad o solo está pensando en su barco y el negocio que está desarrollando? ¿Qué pasa si me tiro al agua y no me pueden rescatar? ¿Y si las personas del otro barco nos tienen en condiciones miserables cuando nos rescaten? ¿Estarán realmente capacitados para rescatarnos? ¿Cómo voy a hacer con mi documentación y lo mínimo que necesito para sobrevivir? Algunas podía responder, otras solo podía hacerlo el capitán y no estaba dando respuestas, estaba perdido en su mente, shockeado”.

Tras pensarlo durante varios minutos, llegó a una conclusión: “me voy”. Sus compañeros poco tardaron en sumarse, mientras que la posición del capitán seguía siendo sólida.

Preparación del rescate

Lo primero que hicieron fue poner los elementos importantes en una bolsa a prueba de agua. La decisión de Matías fue poner laptops, una cámara, algo de ropa, documentos, teléfonos, bitácora. “Mi vida estaba ahí dentro”, expresó.

Una vez listos, dieron aviso al buque y recibieron tres indicaciones fundamentales: “Es muy importante que tengan su documentación”, no se separen nunca y mantengan la calma”.

Primer intento

“El buque estaba a nuestro costado, a unos 50 metros. Cuando nos dieron la orden de saltar muchas cosas pasaron por mi cabeza. Después de unos 30 segundos salté, mis compañeros lo hicieron un poco después. Volaron salvavidas, líneas, redes, pero ya era tarde, tardamos mucho y el buque nos había pasado de largo. Por suerte soltaron algunos salvavidas sin cuerda. Nunca en mi vida nadé tan rápido como para alcanzar ese salvavidas. Los demás venían detrás de mí y pudimos agruparnos. Habiendo fracasado en el primer intento, lo único que podíamos hacer era esperar. Me repetí a mí mismo y a los demás, tranquilos, va a tardar en volver, pero va a volver”.

La espera era eterna, las olas golpeaban y el viento los empujaba. “Mucha adrenalina corría por mis venas. Pasaron 5,10,15,20 minutos, pero al fin se estaba acercando de nuevo el buque. Grité con todas mis fuerzas, ‘Vamos que es en esta, vamos que es en esta. Mientras en el fondo creía que, si no era en esta oportunidad, no llegaba a un tercer intento’”.

Segundo intento

El buque estaba a unos 20 metros, pero pasó a mucha velocidad y el segundo intento también fue fallido. “De nuevo a esperar. Esta vez con más frío, tiritando, con los brazos cansados de abrazar al salvavidas y repitiéndome a mí mismo ‘Soy fuerte, voy a estar bien. El frío es psicológico. Quiero vivir, no me voy a rendir’”.

El tiempo pasaba lento y Matías pensaba no solo en hacer chistes “para que no sea todo tan oscuro”, sino también en motivar a sus compañeros para que sigan luchando. “Vamos a estar bien. Sigan peleando. Háganlo por sus familias, su futuro. Dale que la tercera es la vencida”. Y no se equivocó.

La tercera fue la vencida

Habían pasado 45 minutos desde que saltaron al agua y el buque finalmente se acercaba, pero seguían las complicaciones. “Ni bien vi el barco había perdido la esperanza, parecía imposible que nos rescaten, estaban a unos 60/70 metros y no había chance de que el viento los empuje hasta nosotros antes de pasarnos. Cuando observé esta situación dije indignado ‘No puede ser que no tengan un sistema para lanzar una soga’. A los 20 segundos dispararon unas sogas en forma de cruz. No les puedo explicar la sensación que tuve cuando escuché el sonido del disparo y vi esas dos sogas pasando por arriba de mi cabeza. ‘Vamos carajo’ grité a los cuatro vientos, la alegría más grande de mi vida, la adrenalina al máximo de nuevo”.

Los tres estaban aferrados al buque y se acercaban lentamente. Al arribar, los tripulantes soltaron una escalera para que puedan subir. Primero fue Vanessa, quien logró subirse gracias a una red que también arrojaron desde el buque. Cuando era el momento de Matías, se percató de un detalle: había perdido la mochila con todas sus pertenencias. “La mayoría de mis logros y cosas importantes estaban ahí, además de nuestros documentos que eran fundamentales”. Y no lo dudó. “Solté todo y nade más rápido que para agarrar la primera línea que nos tiraron, por suerte recupere todo”. 

De nuevo cerca de la escalera y red mediante al igual que Vanessa, logró subirse al barco. “10 personas empezaron a levantarme. Fue la segunda alegría más grande de mi vida después de la primera que ya conté. Ya está, estaba afuera del agua luego de casi una hora”. 

Una vez dentro y con la emoción a flor de piel, lo llevaron hacia la sala médica, a la cual llegó inconsciente y con hipotermia. Luego de un tiempo y tras ser envuelto con varias mantas, recobró la consciencia. “Estábamos todos vivos, sanos y salvos”, afirmó.

Tras semejante odisea vivida durante ese inolvidable 15 de mayo en lo que tranquilamente puede considerarse como una historia cinematográfica, hoy en día todos tienen una habitación en el barco, el cual posee tripulantes filipinos, indios y angoleños y se dirige rumbo a Estados Unidos, más precisamente hacia Houston o New Orleans.

“Después del estilo de vida que llevé en el velero por 3 semanas, me siento en un hotel 5 estrellas. Los tripulantes son super serviciales y nos tratan como si fuésemos reyes. Admiran lo que hicimos y nosotros admiramos lo que ellos hicieron por nosotros. Estoy viviendo una experiencia increíble y que nunca pensé vivir. En todo lo malo hay algo bueno, solo depende de la mirada que tengas”, finalizó Matías.

Para conocer más sobre Matías ingresar al canal de Youtube Mati Corinaldesi

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